Feminicida de Dulce Lorena confesó el brutal crimen ocurrido en Toluca
*Fernanda Rodríguez*

El 7 de febrero de 2026, el reloj marcó el final de una jornada más para Dulce Lorena. Al cruzar la puerta de la fábrica Robert Bosch en Santa Ana Tlapaltitlán, Toluca, seguramente pensaba en el camino a casa y en el reencuentro con sus dos hijas menores, quienes eran el centro de su universo.
A sus 43 años, Dulce no era solo una trabajadora dedicada de tez morena y cabello rubio oscuro; era el pilar inamovible de un hogar que hoy, tras su partida, se siente desmoronado.
Aquel viernes, la última imagen que se tuvo de ella fue caminando junto a su expareja, Isaías Alejandro “N”, antes de subir a un vehículo que la alejaría para siempre de su vida cotidiana. La desaparición de una madre nunca es un hecho silencioso, y el vacío que dejó Dulce se transformó de inmediato en un grito colectivo.
Mientras su familia recorría las calles de Toluca tapizando muros con su rostro y exigiendo respuestas bajo la consigna de “¡No estamos todas!”, la Fiscalía General de Justicia del Estado de México iniciaba un rastreo que competía contra el tiempo.
La ficha de búsqueda, emitida apenas un día después de su ausencia, describía a una mujer que jamás habría abandonado a sus pequeñas por voluntad propia, una certeza que alimentaba la desesperación de quienes la amaban.
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La incertidumbre, esa angustia asfixiante que se instala en el pecho de las familias, encontró un desenlace sombrío tras la detención de Isaías Alejandro “N”. Fue su propia confesión la que rompió el hermetismo y trazó una ruta hacia el horror. Guiados por sus palabras, los agentes llegaron hasta un terreno de cultivo donde la tierra, recientemente removida entre las milpas, guardaba el secreto de un final que nadie quería aceptar.
Bajo capas de polvo y olvido forzado, la escena revelaba la crueldad de un acto que buscaba la invisibilidad, pero que no pudo borrar el rastro de la dignidad. En medio de la tragedia, hubo un detalle que se resistió a la oscuridad: en el dedo anular de una mano derecha, un anillo de plata brillaba como un último vestigio de identidad.
Ese pequeño objeto, firme frente a la barbarie, se convirtió en el faro que permitió confirmar que Dulce Lorena había sido encontrada, aunque no de la forma en que sus hijas esperaban. Hoy, mientras el presunto responsable enfrenta un proceso judicial vinculado por la FGJEM, el consuelo de la justicia parece insuficiente ante la magnitud del daño.
La milpa ya no oculta la verdad, pero en Toluca queda el eco de una vida interrumpida y dos niñas que, en lugar de un abrazo, heredan la memoria de una madre valiente que el destino y la violencia les arrebataron.
Es una historia profundamente dolorosa que refleja una realidad que no debería existir.

