Gobernanza desde la izquierda
*Agustín Uribe Rodríguez*

Las imágenes del sábado 15 de noviembre en la Ciudad de México —y en otras ciudades del país— mostraron algo que ningún análisis serio puede o debe minimizar: miles de jóvenes, principalmente de la generación Z, salieron a las calles por una razón profundamente legítima: la inseguridad. No se trató de una expresión marginal, ni de un episodio aislado de inconformidad juvenil. Fue una marcha nutrida, visible, diversa y organizada, impulsada por un sentimiento compartido que se intensificó tras el asesinato de Carlos Manzo, caso que se convirtió en símbolo del hartazgo ante un problema que lleva años desbordado.
Por eso insistir en que “fueron pocos” no solo es impreciso: es irresponsable.
En una democracia funcional, el tamaño de una marcha no se mide para descalificarla, sino para entenderla. La demanda fue, es y será siguiendo siendo clara: el tema de la seguridad debe dar resultados, pero que sean palpables en el diario recorrer de la población de sus casas a las escuelas y a los trabajos. Decir que ha bajado la delincuencia con datos estadísticos son acciones frías, decadentes y de querer demostrar un avance que no existe en la percepción de la gente. A la población la siguen robando, asaltando, levantando, extorsionado y asesinando.
La movilización creción debido al hartazco de la población. Se movilizó porque percibe que su vida diaria se desarrolla bajo una amenaza constante y violencia cotidiana ejercida por grupos criminales que operan con creciente impunidad.
Si algo quedó claro el 15 de noviembre es que la ciudadanía exige que el Estado recupere el control, no mediante operativos espectaculares, sino con inteligencia, estrategia, investigación real y la detención de los grandes cabecillas, así como el desmantelamiento de las redes financieras que mantienen vivo el negocio criminal. No hay más tiempo para diagnósticos: México necesita una política de seguridad firme, profesional y sostenida. Va bien la presidenta, pero urge sea más rápida y con golpes certeros, tanto en la delincuencia como en la corrupción.
Quien orquestó la provocación en el Zócalo , la previó como una jugada con objetivos claroa. Fue el momento más tenso del día cuando la marcha llegó al Zócalo. Un reducido grupo —numéricamente insignificante frente a la marcha— realizó actos violentos que no solo no representaban al contingente, sino que claramente buscaban reventar la movilización.
Esa provocación tuvo dos objetivos evidentes:
- Romper la marcha, dividirla y contaminar su mensaje.
- Forzar la reacción policial para construir la narrativa de que el gobierno ejercía represión.
Y logró un tercero: el golpe mediático contra la Presidenta y contra el partido en el poder. En política, las imágenes pesan más que las cifras o los argumentos; y el objetivo de generar titulares negativos se cumplió con precisión quirúrgica. Pero la pregunta queda en el aire: quién se benefició?
Lo que sigue siendo incierto, pero no improbable, es el origenffsf real de la provocación.
¿Fue una acción orquestada desde facciones internas de Morena, interesadas en descarrilar agendas o posicionamientos? ¿O fue una maniobra impulsada por sectores de la derecha, aprovechando el descontento legítimo para obtener ventaja electoral?
Ambas hipótesis están sobre la mesa y ambas son políticamente verosímiles.
Lo importante es subrayar que, sin importar de dónde vino, la provocación cumplió su cometido: dañar la imagen de la presidenta y generar desgaste al gobierno federal.
La marcha del 15 de noviembre no exige descalificaciones ni lecturas simplistas.
Exige seguridad. A partir de la nueva convocatoria para el 20 de noviembre, la tensión sobre lo que sucederá se amplifica y se espera que sucedan las cosas de manera distinta.
El país no puede normalizar que sectores enteros —sobre todo jóvenes— sientan que el Estado no puede protegerlos. Tampoco puede permitirse que provocadores, vengan de donde vengan, manipulen una causa legítima para fines electorales o facciosos.
La ciudadanía habló. Miles marcharon. Y el mensaje fue claro: México quiere vivir sin miedo. Ya no quiere más Carlos Manzo´s. Lo que ocurra a partir de ahora y la espera de la marcha del 20 de noviembre, determinará si el gobierno opera, gestiona, escucha y atiende dando respuestas distintas a datos; si la justicia actúa y si la sociedad puede creer nuevamente que sus calles no están condenadas a ser territorio de criminales o de intereses políticos disfrazados de protesta.
Por el bien de lo que se va avanzando en inseguridad, la marcha debe de realizarse en forma pacífica, crítica y nutrida; pero sin presencia de figuras pertenecientes a partidos políticas.
