Ni muy muy, ni tan tan

*Aarón Dávila*

Foto: Ilustrativa.

Expresión popular para definir la búsqueda del equilibrio, de un término medio que evite los extremismos. Por ejemplo: ni muy frío ni muy caliente, ni muy fuerte ni muy quedito, ni muy alto ni muy bajo.

En la búsqueda del equilibrio de las cosas, de encontrar el punto medio o el punto justo, constantemente quedamos en el umbral de lo incierto y probablemente esto genera cierto estrés o angustia consciente o inconsciente. “La mente equilibrada y calmada es fuerte; la agitada y con prisas es débil. Wallace D. Wattles”.

Efectivamente, así tal cual como lo expresa Wallace D. Wattles en la frase anterior, la falta de equilibrio en lo emocional, genera debilidad y desconcierto. Pasar, por ejemplo, por momentos de profunda tristeza o dolor, como la perdida de algún ser querido, rompe nuestro estado de equilibrio y si no logramos reponerlo pronto, seguramente nos dejaremos caer en una zona gris, de donde difícilmente lograremos salir sin ayuda profesional y espiritual.

No es que perdamos la capacidad de ser felices, sino más bien, dejamos de ver las fortalezas de nuestra vida. Posiblemente en cierto momento, sea más fácil cobijarnos de descontento y desilusión, que levantar la cabeza y dejar de ver el suelo para darnos cuenta que seguimos en el mismo lugar, que no hemos permitido que la vida siga su curso, que nos dejamos cubrir por la fatalidad

“Para conservar el equilibrio, debemos mantener unido lo interior y lo exterior, lo visible y lo invisible, lo conocido y lo desconocido, lo temporal y lo eterno, lo antiguo y lo nuevo.” John O’Donohue

El apóstol Pablo lo expresaba de la siguiente forma: “Cuando yo era niño, mi manera de hablar y de pensar y razonar era la de un niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé atrás las cuestiones típicas de un niño. Ahora vemos con opacidad, como a través de un espejo, pero en aquel día veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero en aquel día conoceré tal y como soy conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor. Pero el más importante de todos es el amor.”

Cuando éramos niños pequeños, luchábamos con las fuerzas de un niño y posiblemente no nos alcanzaban para mucho, pero en cuanto dejamos la niñez, desarrollamos la fuerza necesaria para luchar contra aquello que nos aqueja, contra los embates de la vida, tenemos la posibilidad de dejar de actuar tan solo en consecuencia y ahora está en nosotros la posibilidad de reaccionar y levantarnos o evitar simplemente la caída.

La fe, la esperanza y el amor, posibilidad, aliento y fortaleza; siempre encontraremos la forma correcta de salir avante victoriosos, con los ojos puestos en Jesús el autor y consumador de la fe.

Encontrar el equilibrio de nuestra vida es crucial, recuperar la armonía perdida, respirar profundo y despejar el camino con motivos suficientes y renovados para vivir bien; completos y verdaderamente felices.

Ni muy altas ni muy bajas las expectativas de nuestra vida, busquemos el punto justo para dirigir nuestro esfuerzo hacia el lugar correcto.

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